Kendo y Objetivos

El aprendizaje

El aprendizaje en este metié es como el recorrido de una ruta muy sinuosa, interminable y con muchas piedras a cada paso. El que decide transitarlo irá cuesta arriba durante largos períodos de tiempo en los que a instantes de pleno sol les suceden densas nubes negras de tormenta. Hay quienes no comparten este criterio y piensan que el aprendizaje del budo no debe emparentarse con el dolor: por el contrario, para quien lo practica la experiencia debería ser placentera.
En realidad, el aprendizaje debe resultar agradable, es verdad, pero también es cierto que sin exigencia no hay progreso. Esto implica, derribar muros que muchas veces sondean los límites del esfuerzo físico. Pero por la misma razón, nos permiten avanzar hacia una mayor fortaleza interior. Toda vez que el derribar esos muros significa superar barreras mentales y espirituales.
El famoso “do” es el camino fundamental del budo. Sin él solamente haríamos referencia a simples técnicas de combate. Lo concreto es que las personas hacemos nuestro propio camino de una manera totalmente individual (por eso el budo es un instrumento de autoformación). Aún inmersa en la multitud, una persona sigue siempre un derrotero exclusivo, definido o errático, pero diferenciado. Entonces los interrogantes tal vez sean: ¿cuál es el camino?, ¿dónde está?. Y…… Transitarlo no es algo sencillo, y sin embargo no es complicado. Es diferente, implica ritmos de vida nuevos, y ahí reside la dificultad, porque es un sendero que conduce a la luz, es la búsqueda de la perfección, del equilibrio personal y con todas nuestras relaciones cotidianas, y para ello es necesario el ejercicio de determinadas virtudes que deben ser cultivadas en aras de lograr una armonía interior y exterior que nos permita estar en comunión con todos.
Existe un camino particular a cada uno, que de acuerdo con su capacidad, sacrificio y esfuerzo, lo lleva hacia el objetivo último “la libertad total”, en la búsqueda de esta libertad, la persona se encuentra con fuerzas que le son desconocidas. Estas fuerzas son físicas, psicológicas y espirituales. Por eso es necesario tener una mente y corazón abierto, libre de prejuicios. Otro concepto de la “disciplina” básicamente este concepto es sencillamente hacer lo que uno debe hacer, en el momento en que lo debe hacer y como lo debe hacer. Ser disciplinado no es complicado, aunque lo parezca. La disciplina es formación y educación para vivir la vida, por tal motivo es fundamental enseñarla a los niños.
Estas actividades de “autoformación” son artes autodisciplinarias y autoformativas por excelencia y los resultados son mucho más provechosos cuando los niños comienzan a practicarlas durante la segunda infancia, período de maduración y asimilación, elemental para su crecimiento y la adquisición de conductas primarias básicas de comportamiento social. Los adultos, que generalmente “saben lo que deben hacer” y no lo hacen cuando deben y como deben, no tienen la disciplina incorporada y a ellos es muy difícil enseñarles un arte marcial, tal vez por esto en oriente, muchos maestros prefieren enseñar a los niños que a los adultos.

La adversidad

Siempre habrá quienes interrumpirán sus prácticas ante el menor contratiempo, otros continuarán asistiendo a la práctica pese a tener serios problemas.
Sólo aquellos de espíritu tenaz continúan la práctica aún sumidos en la adversidad del diario vivir. Éstos son quienes han descubierto que en el infortunio es posible transformar la debilidad en fortaleza. Es por eso que soportar el sufrimiento es terapéutico para el alma.
Es inevitable tocar el tema de las “pruebas” cuando se habla de adversidad. La vida resulta a veces del propio libre albedrío, y otras, de los designios de un destino que suele estar más allá de nuestra escasa comprensión.
Los tiempos de la existencia que nos toca se nutren con el efecto de los actos cotidianos, y en ese constante devenir, avanzamos, nos detenemos o retrocedemos, y no pocas veces perdemos conciencia de que ello es una de las tantas pruebas asignadas, quizás física, quizás psicológica, e invariablemente espiritual.
Sortear cada obstáculo es encomiable desafío a la determinación. Sublimarse espiritualmente es, en cambio, el objetivo. ¿por qué a mí? Se pregunta el ser humano que aún en la plenitud de su maduración no alcanza a vislumbrar totalmente su ubicación en el contexto universal, ni a adquirir noción de la relatividad permanente de sus circunstancias.
Bienvenidas entonces las pruebas, que nos dan la oportunidad de superarnos, experimentando conscientemente la sensación de haber avanzado un paso más hacia la consecución de un mayor nivel espiritual, pues ello significa depurarnos progresivamente.
¿qué sería de la vida sin pruebas? ¿existe alguna vida sin pruebas? tal vez quienes estén en el umbral de la perfección puedan contestar el interrogante. Entonces habrá que subir la cuesta, agradeciendo poder hacerlo, pues el camino es mudo testigo de rezagados impotentes. Cada a su manera, a su velocidad, la única, ineludible condición, es la nobleza de corazón. Luego, ese finito, acotado y pequeño lapso llamado vida se encarga de dejarnos la enseñanza que debemos acrisolar si queremos seguir creciendo.
Los grandes pasos dados hacia el fortalecimiento espiritual y el conocimiento de uno mismo suelen ser más significativos cuando los realizamos sin afán de recompensas externas cuyo fin siempre termina en egoísmo/ego (causa primaria del sufrimiento). ¿quién es el verdadero oponente?
Ante la inminencia de un combate, la persona evalúa las características externas de su oponente circunstancial, su tamaño corporal, la voz, la mirada, la actitud, su técnica. Una sensación especial recorrerá su cuerpo, sus músculos se tensarán, su pulso se acelerará, su concentración se focalizará en un contrincante, se encontrará con sus propias emociones. El auténtico miedo aparece cuando descubre que el gran enemigo está en su interior y que el poder de este último hace palidecer cualquier amenaza externa. El objetivo es vencerse a sí mismo, tomar conciencia de ello y librar esa colosal contienda, pues sólo así desaparece la idea de confrontación. Si se logra, no hay necesidad de vencer a nadie, por lo tanto nunca será vencido. Así mismo, a medida que vamos mejorando nuestra calidad espiritual, nos damos cuenta que cada vez son menos las situaciones que realmente nos afectan, lo cual podría ser un indicio de que algo está cambiando En nuestro interior.

Competencia

La gloria y los aplausos, son algo efímero. Mientras duran contribuyen al aumento del ego, pero luego dejan un vacío interior. De gran valor es darse cuenta de que los resultados de los torneos por lo general son relativos, algo así como una especie de satisfacción pasajera y transitoria. En última instancia, el gran campeón siempre podrá ser hallado dentro de uno mismo, donde efectivamente se libra la gran contienda sin cuartel.

El combate

Actuar bien o mal depende de cada uno: sin hallar excusas para justificar nuestros procederes. El ser humano arrastra sus miserias por la vida y efectuar la propia depuración es tarea que a todos nos concierne. Tendremos que aceptar que existen personas de espíritu bueno y otras de espíritu algo más retrasado, y aunque el espíritu es invisible a simple vista, etéreo, permanente ejerce la mayor influencia sobre nuestra vida.
Nosotros vemos el cuerpo porque es material, pero dejamos la estela de nuestro paso por todo lo actuado: de allí que una gran tarea para los que transitamos estas artes nos es solamente la de fortalecer el espíritu, sino la de mejorarlo, porque es el espíritu y no nuestro cuerpo físico, es quien va trascender mas allá de nuestra vida terrenal.
Son, entonces, las profundas huellas de las acciones bien intencionadas y vacías de maldad las que prevalecerán, dando probidad a nuestro desempeño cotidiano, llegando así a las generaciones venideras, aún después de que nos hayamos ido físicamente.
Si nos equivocamos lo más conveniente es decirlo y corregirlo, si ofendimos lo ideal es arrepentirse de corazón y de palabra. Preguntémonos siempre, ¿qué efecto tendría en nosotros eso que queremos hacerle a otra persona?. El espíritu retrasado “malo, solo en apariencia” debe ser trocado en bueno para que exista evolución imperecedera.
Como es evidente, el entrenamiento sólo del cuerpo no es suficiente, habrá que entrenar nuestra mente para enaltecer el camino, porque la mente es el mecanismo superlativo que hay que saber utilizar para las mejores metas. Así entonces, cuerpo, mente y espíritu transitarán juntos turbulentos, empero será nuestro objetivo la comunión de esta trilogía elemental, únicamente factible como fruto de nuestro obrar diario.

Humildad y voluntad

La humildad en las acciones cotidianas es posiblemente uno de los mayores desafíos, pues debería estar presente siempre en nuestra vida. Pero éste sólo podrá convertirse en hechos cuando esta virtud sea experimentada como uns sensación personal absolutamente interior, no puramente declamativa.
La “voluntad” es la potencia o la facultad del alma para hacer o no hacer algo determinado, y esto constituye todo un reto. La fuerza de voluntad y su persistencia a través del tiempo es el motor que la persona utiliza para perpetuar sus entrenamientos más allá del paso de los años y las contrariedades que la vida pone en el camino. Sin el impulso de ese motor, estudiantes, instructores o maestros serían incapaces de sostener el ritmo necesario para continuar avanzando por el sendero hacia la evolución técnica y el conocimiento de sí mismos.

El espíritu

El espíritu es una entidad fluídica vaporosa, pero no abstracta e indefinida, sino que es real y que en algunos casos puede hacerse ver o sentir por los sentidos de la vista, el oído o el tacto.
Digamos también que el estado natural propio del espíritu es de libertad, y que este estado cambia desde el preciso momento en que encarna en el cuerpo, situación que lo limita de manera considerable, pues el cuerpo actúa como una especie de celda, torpe, grosera, que no hace sino obstaculizar la posibilidad de acción del espíritu. Así, para el ser humano, la única posibilidad de crecimiento moral, de elevar la pureza de su espíritu es a través de las buenas acciones, del trabajo y el sacrificio.
Para quien transita esta vía esto es de capital importancia, toda vez que consideramos estas artes como un medio de superación y crecimiento, como una forma de ir eliminando impurezas del alma, impurezas que están constantemente alimentadas por el gran sentido de lo material, o la permanente confrontación de pensamientos buenos con pensamientos erróneos que rodean en el diario vivir. Es bueno, aclarar a qué nos referimos cuando se dice “sacrificios”. En la abundancia no se crece ni se aprende. Sobradas muestras hay de que en los momentos críticos, en el sumo padecimiento, en los dolores más intensos, cuando somos puestos a prueba es cuando podemos experimentar los mayores avances.
Esto tiene una relación directa con el cuerpo, con la envoltura material del espíritu, pues cuando esta envoltura no es lo preeminente, cuando deja de ser lo primordial, el espíritu gana algo de libertad y ejerce en mayor medida su potestad, haciéndonos, en consecuencia, evolucionar.
Los años de vida terrena son para el hombre una dura prueba a superar, y debe hacerlo transitando la vida día a día, aprendiendo. Nuestro cuerpo es al mismo tiempo elemento y herramienta imprescindible. Como tal, debemos cuidarlo y exigirlo en todas sus posibilidades, sin perder de vista nuestra misión, tan severa como loable, cual es la purificación del alma puesta al servicio del bien.
Evaluar determinados aspectos que hacen a lo espiritual suele ser una intrincada cuestión para el ser humano, que tan apegado está a la materialidad de la vida que le resulta lejano todo aquello que no pueda palpar. En esto reside la dificultad del camino.
Por este motivo estas actividades psico-físico-espirituales son una ajustada forma de encarar una transformación profunda y consciente de nuestra vida, que sólo será dable alcanzando una apropiada e ineludible calidad de elevación espiritual.

La respiración:

En una primera etapa, es necesario dominar el cuerpo y adquirir la técnica, pero aprender a respirar permitirá aquietar la mente, y con el tiempo, olvidarse de la técnica para poder finalmente ocuparse del espíritu.
En la cultura japonesa, por ejemplo, denominan “ibuki” la respiración ventral, profunda y sonora, destinada al control de los dolores luego de un ataque fuerte y también la respiración denominada “nogare”, que es rápida, inspirando por la nariz como en la “ibuki” y exhalando por boca desde el centro energético denominado básico, rádico, “hara”. En esta última, la exhalación potente encuentra su mayor expresión en el “kiai”.
La respiración denominada “kokyu”, ventral y profunda, que sincroniza perfectamente respiración y movimientos, está destinada a movilizar el “ki” (energía).
Independientemente del país y del método, el concepto universal afirma que una buena respiración oxigena la sangre y, por lo tanto, nuestro cerebro. Al mismo tiempo la respiración es energía y mediante su dominio se obtiene el control de nuestra mente y, por consiguiente, de nuestras acciones.
La respiración, entonces es capaz de establecer una conexión entre el espíritu, la mente, el cuerpo físico, la postura y la técnica.

Mokuso y silencio

El silencio es una compañía sugestiva y particular, la cual se puede hasta escuchar, sentir y experimentar. El silencio puede:
transportarnos a cualquier lugar sin límites, permitirnos entrar en nosotros mismos, despertar y agudizar nuestros sentidos, aclarar nuestros pensamientos, calmar a la mente convulsionada. También puede llevarnos a: la comunión con el medio ambiente, a la serenidad, reflexión y a la meditación.
La contemplación en silencio hace que nuestra relación sensitiva con el entorno adquiera otra dimensión. No hay una sola clase de silencio, por ello, las impresiones que se desprenden del silencio no son iguales en todos los casos. El silencio es la ausencia de ruidos y a la presencia de sonidos, esas ondas vibratorias que estimulan nuestros sentidos y provocan sensaciones interiores.

Ontología del budo como instrumento de autoformación de carácter espiritual:

Es difícil hablar sobre algún aspecto del kendo sin involucrar la parte filosófica que, además, tiene que ver en forma directa con su desarrollo histórico. En un momento de la historia se produjo una compenetración entre los sistemas de lucha y la búsqueda del perfeccionamiento individual, encauzando las miras hacia la superación personal antes que a los combates.
Así, las formas de combate se ordenaron y practicaron como entrenamientos sistematizados cuyo fin era el progreso interno. Estas aspiraciones hallaban gran parte del sustento en tradiciones antiguas que impregnaron estas artes de una profunda y mística filosofía.
El desarrollo de la energía interna, armónicamente acompasada con el cultivo del cuerpo y una correcta educación de los valores éticos y morales serían una benéfica influencia para lograr el perfeccionamiento del ser humano y como efecto, de la sociedad en la cual se inserta.
De allí que en estas disciplinas se hable de vacío de maldad y egoísmo interior, pues la práctica coadyuva en la forja de una transmutación, mediante la cual la persona, lejos de enfrentarse con enemigos externos, lucha persistentemente contra las fuerzas negativas de su interior, infinitamente más poderosas, identificadas con la violencia, los bajos instintos, el egoísmo, la maldad, la codicia, y todo aquello que conspira contra el amor fraternal.
Al meditar sobre estos conceptos nos topamos con una aparente contradicción, ¿cómo es posible hablar de amor cuando se está entrenando el cuerpo para que responda como un arma?: como suele suceder en tantos aspectos de la vida, las apariencias engañan, y en este caso más que nunca, razón por la cual resulta vital entender que la correcta manera de practicar kendo, budo, etc. está distante de la ansiedad de poder y lejos de acotarse la simple asimilación técnica de un sistema de combate.
Va más allá, al constituirse en el camino de personas que buscan el control, perfeccionamiento y evolución de sí mismos, en el llamado “dojo” (lugar de práctica), pues la faena que el practicante realiza allí no está circunscripta solo al cuerpo, sino que abarca lo espiritual.
De esta forma, el lugar de práctica es un sitio de especiales características. Es allí donde las personas se hacen fuertes para afrontar miedos y debilidades que los llevan a conductas erróneas, adoptando al budo como instrumento de liberación de sus propias ataduras, un camino que les permite rescatar su personalidad, muchas veces cautivas de la confusión y los desaciertos. Redireccionándose hacia la búsqueda de la paz interior y el amor a los demás.
Unicamente de esta manera puede explicarse que el practicante tomando conciencia del daño que es capaz de realizar y sufriendo en carne propia el dolor que otro puede causarle, no desee jamás actuar contra el prójimo.
En la práctica, en los combates “keiko” a veces bastante duros, es factible eliminar ciertas partes de la propia vida fantasmagórica, la que tiene que ver con los miedos y las inseguridades. De tal manera, el combate, las exigencias, de la preparación técnica, la rigurosa disciplina y el trabajo mental constante son un permanente acicate que nos impone explorar los límites de las sensaciones de dolor, fatiga y temor, ante los cuales siempre debe surgir la respuesta clara de un espíritu fuerte y bondadoso, capaz de hacerle frente a la adversidad y tender una mano al ofensor.
Estos conceptos describen un pensamiento de alto contenido espiritual, un fundamento filosófico del kendo o del budo en general que permite comprender por qué todos los profesores sostienen que la sola práctica de las tareas físicas es insuficiente para lograr la apertura de la mente. Es también necesario hacer hincapié en un profundo trabajo sobre los aspectos anímicos.

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